Por: Romina S A.
Cuando el presidente Plutarco Elías Calles sucedió en la presidencia al general Obregón, mostró una postura radical ante la Iglesia: ordenó cerrar las escuelas católicas y los conventos, expulsó a los sacerdotes extranjeros y terminó proponiendo el mandato de la suspensión de todos los actos de culto en la República, el 31 de julio de 1926. A partir de este momento todos los sacerdotes se diseminaron en casas y oratorios particulares, los que continuaron con sus actividades en los templos fueron encarcelados o muertos.
Mucha gente, especialmente los campesinos, creyeron que el presidente Calles había mandado cerrar los templos; por eso se levantaron en armas para quitarlo de la presidencia. El clero afirmaba que no estaba en favor de la guerra, pero muchos sacerdotes empezaron a dirigir grupos de combatientes cristeros. La guerra cristera se extendió durante tres años sobre todo en los estados del centro de la República: Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco.
Luis fue testigo de los atropellos que cometieron en su Seminario. La persecución continuó implacable, los seminaristas fueron lanzados violentamente de sus aulas, continuando clases en lugares ocultos, improvisados o en el campo. Se preguntaba “¿Con qué derecho nos persiguen? ¿Qué razón hay para que unos hombres ataquen a otros por causa de su fe religiosa? ¿Qué derecho tienen para quitarles lo que es suyo?”
En Guanajuato «el padre Claro», dirigía los combates. Ciudades como León, San Luis de la Paz, Acámbaro y San Felipe, fueron de las más activas.
El padre José realizaba labores de reclutamiento para el ejército cristero; su labor era concentrar gente y tratar de convencerlos de que se unieran. La fuente revela que logró juntar a 600 personas, pero no pudo convencerlas de luchar contra el gobierno federal. Un documento que confirma las actividades de reclutamiento de soldados para el ejército cristero por parte del sacerdote, lo encontramos en un reporte que hace el presidente municipal de Pénjamo al jefe de Operaciones Militares de esa entidad federativa. Estaríamos hablando de que el padre Soto desarrolló actividades sediciosas por casi dos años. Pero, la primera acusación que le hace el presidente municipal de Pénjamo es que no ha ido a registrase como lo establece la ley29 y que permanecía «en las mismas condiciones de aparente inactividad decretada por el alto clero de nuestro país». Es decir, no se registraba como ordenaba el poder civil, pero acataba las instrucciones de sus superiores de suspender el culto. Mientras varios pueblos michoacanos ya se habían levantado en armas en marzo de 1927, Coalcomán lo hizo hasta el 27 de abril de ese año. No obstante, como ninguno de los rancheros coalcomanenses se sentía capaz de asumir el liderazgo militar, aconsejados por el cura José María Martínez, principal líder moral de la revuelta, decidieron ir a buscar a Luis Navarro Origel, jefe del levantamiento en Pénjamo, quien se hallaba refugiado en Uruapan. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa que representaba al alto mando de la guerra cristera en el país, aprobó el nombramiento de Navarro Origel como jefe de armas en el Distrito de Coalcomán.
Después el funcionario público aseguró que Soto, junto a presbíteros se dedicaron a «fomentar una labor sórdida e hipócritamente hostil contra el gobierno». Pero, además, el presidente municipal agregó que aprovecharon una agitación que ya realizaba la Liga Nacional de la Defensa Religiosa; juntos organizaron un levantamiento armado en esa población el 28 de septiembre. Por último, el presidente municipal dice que la noche del levantamiento, él observó movimientos extraños en el poblado: en los suburbios había gente armada, en la parroquia había 300 hombres con el pretexto de una velación, pero que ahí mismo «fueron bendecidos y exhortados por el referido cura Soto para que se lanzaran a la revuelta en nombre de la religión». Aquí, en comparación con que, si bien no se tuvo suerte en Rincón de Tamayo, donde no se le unió la gente, en Pénjamo tenía a por lo menos 300 cristeros listos y bendecidos para luchar.
Quien inicia el movimiento cristero en el municipio de Pénjamo fue Luis Navarro Origel, él había sido presidente municipal y era un personaje católico que tenía un sentir religioso muy fuerte, una persona que acudía cada día a la iglesia, a los rosarios, etc. El impacto de las condiciones que estaba dando el gobierno federal contra la iglesia hace que decida participar. Luis Navarro Origel fue el iniciador del movimiento cristero el 29 de septiembre de 1926 porque no le avisaron que se suspendía el movimiento, en su inicio Luis Navarro toma la comandancia de policía, las armas y se inician los primeros disparos en el jardín principal, después tomaron ruta interna a Magallanes y la sierra de Pénjamo para llamar gente y pasar a Jalisco y esconderse, pues si aparecía alguien del gobierno federal lo ejecutaban o aparecían ahorcados de los árboles. En la Sierra Madre Occidental fue donde, de acuerdo con las órdenes del control militar de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, organizó su ejército, con el que peleó y venció a las tropas de Calles, y al grito de ¡Viva Cristo Rey!, hizo ondear la bandera del pueblo de México. Luis Navarro (que se cambió el nombre por Fermín Gutiérrez) expuso la ilegitimidad del gobierno perseguidor de la religión.
El presidente municipal de Pénjamo hace un informe que contiene incendios, robos y destrozos: incendiaron el Juzgado, la Tesorería Municipal —donde se robaron todo el dinero y las oficinas— ahí quemaron los archivos y los muebles. Saquearon la comandancia de policía y liberaron a los presos. Robaron el dinero de la Administración de Rentas, Timbres y Oficina de Correos. Por último, “catearon las casas donde había caballos para llevárselos, lo mismo que las armas”. El reporte incluye la narración de lo que sucedió en la Presidencia Municipal. Cuenta que extrajeron un cuadro pintado al óleo de Miguel Hidalgo y Costilla “y entre mofa y escarnio, de la turba, fue quemado a semejanza de un acto de fe inquisitorial, con gran regocijo del pueblo fanático que lo presenció”. El servidor público estima que el ataque a su municipio fue hecho por 2100 cristeros que atacaron Pénjamo en octubre de 1926; un número significativo, el más alto que se conoce por el archivo OM-SEDENA.
La siguiente relación está tomada de las memorias de Teófilo Trujillo Rosales, que fue jefe civil del Cuartel General de una de las divisiones de Jalisco, establecida en la sierra de Pénjamo. A Luis Navarro Origel le interesaba dirigir sus fuerzas hacia cuatro puntos estratégicos que le permitieran tener simultáneamente el control de Coalcomán, donde pensaba establecer su cuartel general, y asegurar el abastecimiento de pertrechos militares por la costa michoacana: Haciendo frontera con Colima; los puertos de la costa michoacana al sur, más allá de la sierra, ubicado sobre una llanura seca y ardiente conocida como El Plan o Tierra Caliente.
Navarro Origel sabía que Aguililla estaba mal defendida y a fines de abril de 1927 la tomó prácticamente sin disparar un tiro. Este tipo de rituales eran llevados a cabo en cada plaza que conquistaba Navarro Origel Antes de atacar Tepalcatepec, Navarro Origel trató de reclutar al mayor número de grupos guerrilleros (sin excluir a ex villistas y bandoleros) que merodeaban por la región, pues tenía noticias de que esa plaza era defendida por un contingente militar de 500 soldados. Después de una conferencia con los jefes guerrilleros, que se prolongó hasta la noche del 1º de mayo, el general Navarro reunió a toda su gente y rezó el “santo rosario”. Terminado este ritual Navarro “recitó el Exorcismo, haciendo la señal de la cruz sobre el ejército de rancheros”. Repartió listones azules que se usarían en el sombrero y en la mano derecha como distintivos en la batalla. Navarro Origel trataba de restarle importancia a la campaña del ejército federal: “Domínguez sólo ha matado reses y cerdos, y quemado imágenes y algunos jacales y maíces, ya que no ha podido con los ‘Cristeros’ por la Voluntad Divina”.
Las fuentes disponibles muestran que, si bien los cristeros lograban resistir la embestida del ejército federal, su ánimo y sus fuerzas iban siendo mermadas. Además de la ofensiva en su contra, resentían la falta de ayuda por parte del comité central (ya sea por falta de voluntad o por imposibilidad, dado el aislamiento de la región) y las fricciones entre los propios jefes locales. El 10 de agosto de 1928, Luis entró en combate con tropas callistas al mando de Rodrigo Quevedo, cuando fue herido de muerte por las balas del enemigo. Su hermano Ignacio (que habría de morir en combate ocho meses después), narra el episodio en una carta a la esposa del héroe:
“Tantas veces y con tan ardientes deseos le pidió a Dios, mi hermano y general don Luis Navarro Origel, el honor de derramar su sangre y dar su vida en lucha por la libertad de la Iglesia Católica y por la salvación de la Patria, hasta que le arrancó la corona del martirio (…)
Murió con una sonrisa de inmensa alegría que le vimos su asistente y yo, no sólo en los labios sino en todo el rostro, radiante de felicidad, a las 7 de la mañana del viernes 10 de los corrientes, en la Cuchilla del Guapala, en un combate con tropas callista dejándonos combatiendo a mi general, a su asistente Alejandro Larios, al Mayor Calvario y a mí.” (…)
Dios no quiso que cayera su cuerpo en manos del enemigo. Esperamos el asistente y yo la retirada de los guachos. Al poco rato lo recogimos. Había muerto, lo llevamos al Vallecito de Cristo Rey, campamento a poca distancia del lugar de combate. Rezamos el Te Deum en medio de mi hondo, indescriptible dolor. Él así lo pidió al Señor, el Señor quiso oírlo (…)
Le hicimos guardia de honor en la tarde, en la noche y todo el día siguiente, por turnos de cuatro. El Padre Marín y yo lo velamos toda la noche; el día once le pusimos en caja de cedro rojo; celebró el Padre Marín solemnes honras fúnebres de cuerpo presente. A las seis de la tarde lo llevamos como el rito de sepultura eclesiástica lo manda, acompañado de la guardia fúnebre, compuesta de un centenar de soldados; lo pusimos en bóveda, a lo largo del altar mayor de la capilla. No supe qué hacer por él en representación tuya y de sus hijos y por mí mismo, además de acompañarlo, sin apartármele un momento (…)
No fue comprendido. Aun yo, ruin, que viví con él durante 31 años y medio, su edad, que recordaré siempre su rectitud en el servicio de Dios, su vivísima fe, su práctico amor para con el prójimo (…) Te guardo con reverencia y con amor sus ropas tintas en su sangre, derramada por Jesucristo, por la Iglesia ultrajada, por N.S. Padre el Papa Pío XI, cuyas muestras de predilección por los mexicanos no se le apartaban de su memoria.”
Para concluir, mostramos las palabras que Luis escribió el 26 de octubre de 1927, hablando de los cristeros:
“Dios sabrá cuál de los dos títulos, espléndidos y gloriosísimos, les dará: si el de víctimas propiciatorias o el de mártires, o el no menos glorioso de vengadores de su divino derecho ultrajado, burlado y escarnecido por los tiranos despreciables de este pobre santo pueblo mártir y predilecto. De todas maneras, es sublime nuestra misión y seremos siempre triunfadores de la muerte… siempre será espléndida nuestra victoria sobre la muerte, como espléndida fue la de nuestro Cristo, el amado Rey”.