Hay historias de amor que nacen libres y otras que nacen malditas. La de Tristán e Isolda pertenece a estas últimas: un amor que no fue elegido, que no pidió permiso y que jamás encontró redención. No es la historia de dos amantes rebeldes, sino la de dos personas atrapadas en un sentimiento más grande que ellas mismas, obligadas a amar cuando amar era una traición.
En los antiguos reinos celtas, donde el honor pesaba más que la felicidad y la lealtad era un deber sagrado, Tristán era el caballero perfecto. Valiente, fiel, admirado. Servía al rey Marco de Cornualles, su tío, con una devoción absoluta. Le debía todo: su nombre, su lugar en el mundo, su identidad.
En el castillo del rey Marcos había empezado el complot: los más recelosos veían con malos ojos la amistad que le unía con Tristán y le exigían descendencia. Cansado de tanta palabrería, el rey Marcos propuso una apuesta: aquella mañana unas golondrinas le habían traído un cabello dorado y sólo se casaría con aquella a quien pertenecía. Tristán se lo pensó y queriendo tapar las bocas de los que lo acusaban de pretender el reino, él mismo se echó de nuevo al mar para buscar a aquella que ya conocía y traerla a los brazos de su amigo.
Cuando Tristán llegó al puerto, las voces reclamaban al valiente que al fin se desharía del dragón maléfico que cada día bajaba a la aldea y se comía a una familia entera. En la desesperación, el rey de Irlanda había ofrecido la mano de su hija, Isolda la Blonda, al caballero que consiguiese vencerlo.
Tristán no se lo pensó ni un segundo, subió por el camino que le había indicado un caballero fugitivo y comenzó la batalla entre el monstruo y el héroe: la espada de Tristán rebotó en la piel del dragón, Tristán le devolvió el golpe una y otra vez. El dragón le ennegreció con su fuego envenenado, pero Tristán se levantó y consiguió entrar su espada por la garganta del dragón, hasta llegar al corazón de la bestia que quedó partido en dos. Tristán todavía tuvo fuerzas para cortarle la lengua como prueba de su hazaña, pero el veneno de la bestia ya circulaba por sus venas y entre los matorrales dejó caer su cuerpo vencido.
El cobarde caballero que había indicado el camino del monstruo a Tristán, volvió aquel mismo día donde estaba el dragón y al ver que estaba muerto pensó el engaño: el caballero que había matado a la bestia seguramente estaría muerto, así que cogió la cabeza del dragón y reclamó la mano de Isolda la Blonda. Al rey le costaba creer que aquel cobarde hubiese realizado la hazaña e Isolda la Blonda, lista entre hombres y mujeres reunió a sus sirvientes más fieles y quiso ver la escena del crimen; unos metros más allá de donde se encontraba el dragón muerto, el cuerpo abatido de Tristán clamaba justicia.
De nuevo la habitación de Isolda la Blonda acogió al héroe para curarlo del veneno y poder demostrar, una vez recuperado, que él había sido el vencedor. Las manos del rey de Irlanda unían ahora las de Tristán e Isolda y en aquel momento, Tristán prometió en voz alta que llevaría a la dama hasta los brazos del rey Marcos. Duras palabras para el corazón de Isolda la Blonda, que ahora se sentía traicionada por aquel que ella había decidido defender y que no la quería por esposa. La madre reina, previendo la tristeza de su hija, preparó una poción mágica en secreto y se la dio a la leal Brangien, sirvienta y amiga de la princesa. Cuando el rey Marcos e Isolda bebieran la poción quedarían enamorados con un amor que pocos mortales podrían entender hasta el mismo día de su muerte.
La poción no tocó nunca los labios del rey Marcos. En el barco camino de Cornualles, mientras Brangien dormía, Tristán e Isolda tragaron por error el líquido encantado. Cuando Brangien despertó ya era demasiado tarde, los amantes estaban destinados a serlo por siempre, traicionando por siempre la lealtad al rey Marcos y entrando en un infierno que los perseguiría el resto de sus vidas.
Llegados a Cornualles, todo fueron abismos de este mismo infierno, en la noche de boda con el rey Marcos, Brangien se hizo pasar por Isolda; después Isolda se iba volviendo loca de desconfianza, hasta el punto de ordenar a dos caballeros la muerte de su amiga Brangien, por miedo a que hablase ¡suerte tuvo Isolda de la piedad de los dos caballeros ante la historia de Brangien, que finalmente pudo volver a la corte en vida, abrazada por la amistad que Isolda le profesaba de nuevo!; más tarde los varones empezaron a sospechar de los amantes y metieron otro veneno, el de los celos en el corazón del rey Marcos para que echara a Tristán de su reino.
Así fue: el rey Marcos finalmente cedió a las malas lenguas, y tras varios intentos fallidos por parte de los varones llegó la prueba concluyente: un hilo de sangre de una herida insignificante de Tristán se podía ver en la cama que compartían el rey Marcos e Isolda la Blonda. El odio no se hizo esperar y construyó una hoguera para quemarlos el mismo día. Camino de la hoguera, Tristán consiguió escapar, pero cuando el rey supo que Tristán se había escapado su odio creció tanto como las llamas que ahora se levantaban delante suyo. Ya a punto de echar a la hoguera a la que había sido su esposa, el grupo de leprosos de Cornualles habló: ¿realmente la odiáis y queréis que muera en un instante?, le dijeron.
La propuesta de los leprosos era macabra: que les dieran a Isolda la Blonda para vivir entre ellos, para convertirse en una de ellos y ver cómo su cuerpo se iba deformando en una muerte cruel y lenta. Una venganza perfecta que el rey Marcos no desaprovechó. Los leprosos se llevaron a Isolda la Blonda pero ignoraban que Tristán pronto se la arrebataría de nuevo para llevársela a la profundidad de los bosques de Cornualles.
Dos años vivieron en medio del bosque acompañados del fiel Governal. Extrañamente felices, los harapos y la comida primitiva no les molestaban. Pero el veneno del amor no los eximía de los remordimientos. Una espada separaba los dos jóvenes. Así fue como se los encontró el rey Marcos cuando descubrió la cabaña. Puso su espada en lugar de la de Tristán separando de nuevo a su amigo y a su esposa. El mensaje era claro, podían volver a casa.
A su regreso las voces de los varones no se hicieron esperar. De nuevo pedían el exilio de Tristán, y contra su propio corazón el rey Marcos accedió. También pidieron el juicio del hierro rojo para Isolda la Blonda, según el cual, si decía la verdad al coger el hierro al rojo vivo su mano quedaría intacta. La dama no tembló. Envió un mensaje a Tristán pidiéndole que fuese a la playa vestido de mendigo. El día señalado, llegaron en barco al juicio, pero Isolda pidió la ayuda de algún mendigo para no mojarse el vestido. El harapiento Tristán se acercó y entre los brazos la llevó hasta la arena. Al hacer el juramento fue concisa: os puedo prometer que nunca en la vida nadie más que el rey Marcos y este mendigo que acabáis de ver me ha tenido entre sus brazos. El hierro fue como agua para las manos de Isolda.
Recuperada la confianza del rey y cumplido el juramento, Tristán decidió que era el momento de alejarse si no quería volver a traer la desgracia a la vida de su amada. Los amantes se separaron por primera vez. Separados, no era la vida ni la muerte, sino la vida y la muerte a la vez. En la distancia, los celos aparecieron en sus corazones. Tristán había cabalgado todas las tierras del Mediterráneo ofreciendo sus servicios de caballero en diferentes reinos. Ni un mensaje de Isolda la Blonda. La veía cubierta por las amabilidades del rey Marcos mientras él vagaba por tierras lejanas. Finalmente, en el reino de Bretaña aceptó la mano de una dama que, ironías del destino, tenía por nombre Isolda de las Blancas Manos. En el mismo momento que aceptó se arrepintió.
No pasaron seis meses que, en una de las batallas que Tristán libró para defender su nuevo reino, otra vez entró el veneno en sus venas. Esta vez, no obstante, no había remedio. No podía ser más desgraciado y en la desgracia, había confesado al hermano de Isolda de las Blancas Manso, ahora su amigo, su tortura. También un veneno, ¡pero este de amor! El leal compañero se enterneció ante la petición que le hacía Tristán: ver a Isolda la Blonda antes de morir. Aceptó el favor y quedó con Tristán en que, si volvía con ella, alzaría velas blancas en su barco y si no podía hacerlo las velas serían negras.
Tal día llegaba ya Isolda la Blonda para ver a su amante, que la otra Isolda, la de las Blancas Manos, llevada por la rabia de saberse segunda mintió a Tristán diciéndole que el barco de su hermano alzaba velas negras. Allí mismo se fundió el cuerpo del héroe y todavía estaba caliente cuando Isolda la Blonda entró en la habitación. Pero aquel calor era sólo un recuerdo de Tristán, una sombra que ya no volvería a dormir a su lado. Se tumbó sobre el cuerpo muerto de Tristán para morir ella también. No eran nada si no estaban juntos. Y también juntos, moría ahora uno contra el cuerpo del otro.
Los enterraron por separado, como habían vivido. Pero la leyenda dice que de sus tumbas crecieron dos ramas distintas, que avanzaron una hacia la otra hasta entrelazarse. Las cortaron. Volvieron a crecer. Como si incluso la tierra se negara a obedecer lo que los hombres habían impuesto.
Por eso la historia de Tristán e Isolda sigue contándose siglos después.
No porque haya sido perfecto, sino porque fue un amor al que nunca se le permitió existir.
En este mes que celebra el amor feliz, su tragedia nos recuerda que amar también puede ser una forma de resistencia.